titulorevista128


 

CARTA DEL DIRECTOR

Pensamiento histórico: una necesidad para ser

9DIC2018 art 1Desde mi posición como presidente de la Federación Colombiana de trabajadores de la educación, envío un saludo solidario y fraternal al magisterio y les expreso mi deseo sincero de construir unidad, en medio de las diferencias, para sacar adelante el proyecto pedagógico, cultural y político por el fortalecimiento de la educación pública y la defensa de la dignidad del magisterio.

Quienes nos hablan hoy de la educación del futuro, nos proponen considerar como objetivos de la misma, contribuir en la formación de cuatro características que serían claves para esos tiempos por venir: disciplina, síntesis, creatividad y ética. El desarrollo de un pensamiento histórico contribuiría, sin lugar a dudas, en la construcción de un sentido ético de la existencia que hoy aparece como bastante diluido en nuestra sociedad. Posiblemente ello tenga que ver, como dice el profesor Ibagón, con el hecho de que “el aprendizaje histórico no se explica por medio de la acumulación de información y memorización de ésta, sino a través de la capacidad de dar sentido a lo que se aprende en medio de un proceso formativo, que moviliza nuevas maneras de entender, ser y estar en el mundo.” Pero, ¿Cómo se podría dar sentido a lo que se aprende, sin buscar permanentemente su relación con el presente, para que el aprendizaje deje de ser un ejercicio vacuo de memorización que poco o nada contribuye a la comprensión de un presente que, en muchos aspectos, parece inexplicable, dadas las decisiones que tomamos?

Algo, que aparece como contundente, es que el aprendizaje de la historia solo tiene sentido para formarnos un pensamiento histórico, es decir, un pensamiento que nos haga sujetos situados o conscientes de lo que hemos sido y su estrecha relación con lo que somos, única forma posible de enderezar los caminos torcidos o inciertos que hayamos construido como sujetos individuales y colectivos.

Esforzarnos por adquirir y desarrollar capacidades de pensamiento histórico, aparece entonces, como una necesidad fundamental del ser sujeto en sí y para sí, con capacidad de comprender y tomar o no, distancia de lo que se nos dice o, simplemente, tener con que o como asumir lo que nos acontece, no como un devenir ajeno a nuestra voluntad, sino, como una construcción deliberada que no niega o desconoce lo que se es. Superar esa deslocalización del adentro de la Escuela con respecto a la vida social y de la negación de otros saberes que se mueven en el afuera, implica des-anestesiarla, es decir, hacerla susceptible a sus implicaciones como motivantes que potencian el aprendizaje.

Eso es lo que explica porque Freire predicaba que hay que “Educar en la vida y para la vida”. En el texto del profesor Motta me encuentro con la alegría que suscita el reconocimiento de la pedagogía como el saber dinámico, con discurso propio y contextual, que ella es. Discurso sobre lo humano y no sobre las materias, de las cuales podría ocuparse o no el educando, sin dejar por ello de ser él; saber que tiende a hacer de la vida un goce porque rompe hielos o quiebra resistencias para persistir en la continuidad de seguir siendo él, porque desde que abrió sus ojos y estiró sus manos para asir algo ya era; o sea, un ser necesitado de aprender. Sin la pedagogía, así considerada, la Escuela no es más que un campo de concentración en el que se retiene a los niños mientras se hacen “mayores” para ser lanzados a un mundo que, hasta ese momento, les fue negado y que, en lo sucesivo los acechará.

La pedagogía siempre ha invocado considerar el aprendizaje como un juego que, en últimas, ha de ser el juego de la vida, entendido como un esfuerzo constante por llegar a ser. Un esfuerzo de realización sin el cual, la vida misma puede ser una anticipación de la muerte de ese sujeto que, seguramente, nació queriendo, necesitando saber, pero que, en la medida en que le fue negado ese, su derecho más incuestionable, se lo condena a una muerte anticipada de la cual solo se salvaría con un acto de liberación que le impone tomar distancia del maestro o la maestra que lo puso en semejante trance. La pedagogía es el saber que da al maestro la capacidad para salvar al niño de esa muerte anticipada que significa el abandono o desentendimiento de su formación; pero, el solo podrá cumplir su tarea si se le respeta su libertad para ejercer con plena autonomía, sus responsabilidades como profesional que es, o sea, si se le permite ser maestro y no se lo reduce a mero cuidador o gendarme que es lo que, desde el Estado se pretende cuando, sin razón valedera, se le desconoce su formación, sometiéndolo al juicio de sujetos que habiendo sido elegidos como pares, hacen ostentación de sus títulos o cargos para imponerse como jerarcas del saber que es propio del maestro.

Es por ello, que se ha desfigurado, desde un principio, la ECDF, porque se declinó la condición esencial de que esta fuese, ante todo, un ejercicio entre pares, propiciándose, en no pocos casos, que estos, los pares, fuesen sustituidos por una rabiosa gendarmería que califica descalificando, para dejar sentado que ellos si son y no los otros, con lo cual se contribuye a sostener una idea de superioridades intelectuales en un mundo signado por las diferencias que, entre otras cosas, han de servir para justificar la disparatada disparidad que lo caracteriza. Estos aspectos, históricos, éticos, pedagógicos y políticos, constituyen en gran medida el trabajo docente y son puestos en debate, en esta edición.

Nelson Javier Alarcón Suárez

Presidente de FECODE