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EDITORIAL 

Los daños colaterales de un

currículo estandarizado

El currículo, desde su aparición en el campo de la educación mediante el trabajo de J.Dewey “El niño y el programa escolar”, ha tenido como objeto resolver la pregunta por los propósitos, los contenidos, las metodologías, los recursos y las formas de evaluación de la enseñanza en el sistema educativo. La manera como se han resuelto estas preguntas se pueden clasificar según el tipo de racionalidad predominante así: racionalidad técnico-instrumental, racionalidad práctica interpretativa o racionalidad sociocrítica transformadora. Se le ha considerado también como la vertiente operativa de los modelos pedagógicos y como dispositivo de poder para el control simbólico.

El currículo como acontecimiento complejo, pertenece al campo intelectual de la pedagogía y a pesar de su polisemia, tiene siempre una estrecha relación con los saberes y las prácticas de los maestros, con los contextos y las culturas, con el ejercicio de la autonomía institucional y la creatividad. Ubicado en el campo pedagógico tiene que ver con la manera como los maestros y las instituciones organizan sus actividades para cumplir los fines de la educación, con los criterios por los cuales seleccionan lo que se va a enseñar y cómo hacerlo, con las relaciones que se establecen con la cultura local y las necesidades sociales en las que está inmersa  la escuela. Podemos afirmar que hay una estrecha relación entre los desarrollos de la pedagogía y la puesta en marcha del diseño curricular. El currículo es, entonces, un asunto de la comunidad profesional de los pedagogos y un espacio para el ejercicio de su creatividad y autonomía.

En la Ley 115 del 94 se establece claramente la relación entre el Proyecto Educativo Institucional PEI, el enfoque pedagógico, el currículo, el plan de estudios, las estrategias didácticas y las formas de evaluación, todas ellas orientadas a la formación integral.(Capitulos 2 y 3). “Pero en los últimos años, las reformas a los sistemas educativos en la mayoría de los países del mundo han centrado un interés en el desarrollo de los currículos y las evaluaciones, sustentadas en el control y la rendición de cuentas de quienes integran las instituciones educativas…Su propósito es avanzar hacia mejores desempeños, para alcanzar la llamada “calidad de la educación” y contar con puntajes superiores en los resultados de las pruebas estandarizadas nacionales, que se aplican en las escuelas, colegios y universidades año tras año, con el fin de obtener ascensos en los índices internacionales en la comparación entre países; todo esto en el contexto de la economía neoliberal”, como nos dice la Dra. Libia Estela Niño Zafra, en su interesante artículo.

Este lenguaje de las reformas, los estándares, las competencias, los indicadores básicos de aprendizaje, el día E, los incentivos, la aplicación de pruebas, la comparación y la garantía de la calidad, se ha venido apoderando de las instituciones y anticipan al maestro unas condiciones laborales y profesionales que niegan su identidad y diluyen su saber, convirtiéndolo en un simple administrador del paquete curricular impuesto por el MEN y reproducido fielmente por las editoriales. Los daños colaterales de esta política son, entre otros: La reducción de la enseñanza a las matemáticas, las ciencias naturales y la lectoescritura, desconociendo o minimizando las dimensiones ética, estética, política, humanística, lúdica, con lo cual se viola flagrantemente la constitución nacional y la Ley 115 que prescriben una formación INTEGRAL. Legitimando, de paso, un tipo de maestro funcional a la formación en competencias laborales sin empoderamiento pedagógico de su saber y de su práctica. Lo importante ahora no es el fortalecimiento institucional por el desarrollo de los avances en el campo de la pedagogía, ni la expresión autónoma del saber profesional de los maestros, cada vez con mayores niveles de formación posgraduada, sino el alineamiento de la enseñanza con los intereses del mercado internacional. Imposición de contenidos mínimos que niegan la diversidad y las culturas locales para finalmente, imponer una reforma curricular de hecho, desde la racionalidad instrumental-técnica de corte conductista. ¿No fue contra esto por lo que se levantó el Movimiento Pedagógico?

Es hora ya, de reflexionar y actuar de otra manera, acudiendo a los aportes de la Pedagogía Crítica, para mostrar al país que más allá de estas imposiciones, la FECODE ha mantenido siempre una propuesta que recupera al maestro como trabajador de la cultura, pedagogo crítico y solidario con las comunidades. El Proyecto Educativo y Pedagógico Alternativo, los Círculos pedagógicos y las experiencias pedagógicas innovadoras, convocadas por el CEID, tienen que emerger con fuerza para cambiar el rumbo. Esta edición es una contribución a ese debate inaplazable.