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CARTA DEL DIRECTOR

Pensar críticamente la realidad colombiana y lo que ocurre con la educación, nos convoca a  reconocer la hegemonía del bipartidismo y la jerarquía eclesiástica cuyos intereses no han permitido la construcción de una democracia real en una sociedad donde se pueda vivir productivamente, en medio de las diferencias y no a pesar de ellas.

Esta situación histórica ha tenido profundas consecuencias en la educación. Pues como dice el profesor Carrión: “La llamada independencia nacional, no significó realmente la descomposición del régimen colonial que decían los próceres estar confrontando, pues, el sistema de valores económicos y culturales hispano-coloniales, persistiría en la naciente estructura republicana y lograría perdurar, anacrónicamente, hasta nuestros días…”

Basta sólo tener presente la forma como las oligarquías dominantes, siguen buscando en su “madre patria” el consentimiento a sus definiciones en materia política, como pasan, por estas tierras, arrasadas y ensangrentadas por sus ascendientes, gobernantes y ex-gobernantes  peninsulares para darle su confirmación a las ejecutorias de los nuestros.

Ahora, como en la colonia – si es que ésta ha dejado de servir y vienen los consultores y los asesores que se consideran necesarios para mantener a tono el actuar de una nación empequeñecida por sus gobernantes para poder obrar de manera soberana frente a la problemática de la región.

Tampoco yerra el profesor Carrión al afirmar que “Las instituciones administrativas y represivas, así como la hegemonía cultural y moral de las nuevas naciones, siguió bajo la dirección de las oligarquías criollas, de la jerarquía de la Iglesia Católica y de los enriquecidos caudillos militares de la independencia, dando continuidad al régimen señorial heredado de la colonia.”

Y, en eso, como en muchas otras cosas, no existe una diferencia substancial entre las veleidades del monarquistasantafereño que todavía nos gobierna y su mentor de otrora, a quien en tiempos no remotos entregara como su partido, el de la U., para que coronase la labor de rescate, “a sangre y fuego”, del viejo régimen señorial y hacendatario que, como bien afirma Carrión, “no siempre  entraría en contradicción con los intereses de las élites ilustradas, comprometidas con los proyectos modernizantes y con el mundillo universitario; por el contrario, en el seno de estas instituciones se reproducirían las mismas relaciones de poder.”

Una lectura crítica de la realidad actual no puede menos que destacar el cinismo del monarquista  de turno para enfrentar la racha de catástrofes “naturales” que han cobrado y amenazan seguir cobrando muchas vidas humanas en distintos lugares del territorio nacional. El pretende actuar ahora como salvador o rescatista de víctimas y damnificados de los desastres y, con ello, cree hacernos olvidar que de sus ejecuciones como las de sus antecesores, se derivan, sin duda, las causas principales de los desastres que padecemos.

Mocoa y Manizales son apenas, dos hechos destacados de los muchos que podrían ponerse de presente, como consecuencias de la extrema miserabilización de la vida de muchos colombianos que, si no mueren atrapados por un alud, bien pueden morirse en la puerta de un hospital o sometidos a la brutalidad de una fuerza pública que no se detiene en su labor intimidatoria ni ante las personas en condición de discapacidad, porque el miedo que realmente los mueve, les hace perder el sentido del orden que dicen su deber asegurar.

Ese talante que quisiera dejarnos como huella de su presencia en este segundo gobierno el Doctor Santos, también se desdobla en las patrañas urdidas con su antecesor para debilitar el movimiento sindical. La incentivación del paralelismo sindical, como expresión de una concepción muy recortada y peligrosa de la democracia, entendida apenas como argumento para validar, en un planteamiento recortado y artrítica de política de Estado, que “como fuimos los que ganamos hacemos lo que queremos”, es lo que se está poniendo ahora como obstáculo contra un sindicalismo independiente de la férula gubernamental, desconociendo que tal independencia es condición fundamental en cualquier régimen que se pretenda democrático. Democracia no existe sin libertades básicas para que la oposición pueda expresarse y exponer sus reclamaciones y, por ello, es un despropósito pretender su cooptación, si lo que se quiere es blindar la democracia. Pero, más allá de eso, democracia, ni siquiera eso que se pregona como democracia liberal, puede existir, si no se respetan unas reglas de juego que, en efecto, hagan posible procesos de negociación de los intereses de las partes, siquiera con mínimas esperanzas de reconocimiento del otro, de las razones del otro. Y, siendo ello así, cuando una parte ha suplantado a la otra, colocando opositores o adversarios artificiales o comodines, la negociación termina siendo farsa, burla, absoluta negación de la democracia que se dice defender.

Carlos Enrique Rivas Segura

Presidente de FECODE