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CARTA DEL DIRECTOR

La práctica pedagógica como

objeto de investigación ética y política

jun 24 art1¡Acaba de concluir otro paro del magisterio! Ya es un asunto de costumbre o de rutina el que los maestros deban ir al paro para que se atiendan sus reclamaciones, las más de las veces, de salarios u otras garantías necesarias para poder ejercer cabalmente su tarea. Y, en ese sentido, este paro no ha sido diferente de los otros, si no fuese porque las garantías reclamadas, implican el reconocimiento de derechos fundamentales de toda la comunidad educativa y de los cuales el Estado se ha desentendido, menoscabando su cumplimiento.

Salud, agua potable, saneamiento básico y educación; no solo educación ni de cualquier manera, sino educación en condiciones dignas y que aseguren la supervivencia de las comunidades de donde emergen esos niños que van a las escuelas públicas de nuestro país. Esta vez, la disputa por el mejoramiento de los salarios quedó en un segundo plano que no significa su abandono. Y, el magisterio así lo asumió, con movilizaciones masivas sobre otros asuntos también importantes como bonificación pedagógica, primas extralegales, cobertura de preescolar, jornada única, Decretos 490 y 915 de 2016, docentes orientadores, formación docente, Decreto 196/95, Escuelas Normales Superiores, Juntas de Educación, Estatuto Docente, Salud, Fortalecimiento del FOMAG, que superaron todas las expectativas. El número que hoy entregamos a consideración de los maestros y demás lectores de “Educación y Cultura” se propone hacer énfasis en lo que puede o debe ser el sentido de la educación desde la investigación. Recogemos así, reflexiones como la del profesor Nelson Larrota, en cuanto a lo peligroso que sería “dejar que nuestra educación, nuestra profesión, se convierta en una cosa. Los docentes – critica él - debemos afirmarnos en la idea de que toda educación depende de la filosofía de la cultura que la presida y, ésta – la cultura de hoy-, nos queda claro que está comandada por la robotización y por las estadísticas capitalistas donde la variable de cantidad arrasa los criterios de calidad,…”

La preocupación de Larrota concuerda con, p. ej, con lo expresado por Gloria Herrera sobre las Escuelas Normales y su permanente crisis frente al modelo instruccionista conductual y técnico que pretende imponer el Ministerio de Educación.

Sin duda, un texto bien documentado éste de Gloria Herrera, como lo son el del profesor Larrota y otros que se recogen en este número. Pero, textos todos ellos, empeñados en enfatizar sobre la importancia del ejercicio de la docencia en la sociedad que vivimos, lo cual requiere hoy, como nunca antes, del compromiso del maestro, la maestra, para la puesta en práctica de una pedagogía crítica, entendida como aquella que, en términos de Ortega es: no sólo productora de conocimientos, sino también, de sujetos políticos, individuales y colectivos que, desde el agenciamiento de procesos de reflexión-acción sobre la vida misma como práctica social y política, construyen y promueven solidaridades para enfrentar los problemas de la injusticia y el desconocimiento de derechos fundamentales que caracterizan el funcionamiento regular de las sociedades contemporáneas, enajenadas en la lucha sin fin por la concentración de los bienes que son necesarios a la existencia de todos los seres humanos, como factor de poder que asegura su sometimiento.

Una pedagogía crítica supera así los niveles de la educación (buena crianza) y la instrucción (aprender a hacer) que normalmente caracterizan la acción educativa trascendiendo hacia el nivel de la formación como “integración critico-constructiva del nexo (intrincado y dialéctico) educación-instrucción”. La formación se expresa, entonces, en la actuación autónoma del sujeto que, como dueño de sí y para sí, por ello mismo, no ve razón en el sometimiento del otro, ni en supeditarse a él, como condición del buen vivir o vivir bien.

Lo que enseña este paro en lo que a práctica pedagógica se refiere es que él es una de las formas de dicha práctica, que deberían atravesar permanentemente la vida de la Escuela, si es que somos capaces de concebir, como lo hizo Freire, que la educación ha de ser en la vida y para la vida, que “nadie educa a nadie, nos educamos en comunión y el mundo es el mediador”. Felices serían quienes nos gobiernan, si tuviesen asegurado un orden social imperturbable, independientemente de los atropellos que ellos suelen cometer o tolerar que se cometan contra los demás. Esa, realmente, no sería una sociedad en orden, sino una sociedad abatida, de seres que deambulan como cadáveres vivientes en un mundo que habiendo renegado de la vida, estaría dirigido por desequilibrados que por haber perdido su norte como humanos, nos estarían empujando hacia la monstruosidad de una sociedad que en aras de una “tranquilidad” absurda, prefiere una vida de muertos, antes que una muerte asumida como consecuencia inevitable de la vida.

Por lo dicho, es preciso asumir la práctica pedagógica como una investigación ética y política sobre la vida. Y, eso significa, recurrir a todo el conocimiento existente sobre lo humano para orientar la búsqueda que significa todo aprendizaje asumiendo consecuencias, tanto en cuanto a cada sujeto se refiere, como en relación a la inmensidad del saber existente y por construir, pero, teniendo siempre presente las consecuencias que dicho saber podría traer consigo.

Carlos Enrique Rivas Segura

Presidente de FECODE