titulorevista128


 

Desde la educación común”

al mercado de la educación

9DIC2018 art 2Quiero, sin embargo, aportar una noticia alentadora, frente al tono sórdido de esta actualidad que nos aprisiona con su tajante afirmación de completud. La primera parte de la noticia es la imposibilidad de un presente absoluto; la segunda, la relativa indecibilidad e indeterminación del futuro. Respecto al futuro, quizás algo podemos suponer, en términos hipotéticos y como posibilidad entre muchas.

Pero reconozcamos que los estudios sobre las sociedades humanas van muy a la zaga de las ciencias que ya pueden disponer de los procesos de gestación de la vida humana o que han lanzado la Sonda Solar Parker, que llegará al sol dentro de siete años.

Si la operación de la NASA sale bien, dentro de siete años el hombre habrá tocado la superficie del sol. Claro que no sabemos si será posible porque no hay elementos para tranquilizarnos diciendo que las actitudes agresivas de los Donald Trump, Jair Bolsonaro (y de sus pares, socios o contendientes) son una mera circunstancia, una confusión de la historia entre la fantasía y la realidad. Empero, hay datos

tanto para decir que la catástrofe es posible…como para argumentar que es posible que no ocurra.

¿Estamos entonces meramente en manos de la contingencia? El azar es por definición incontrolable, pero el futuro es puro azar si lo concebimos desde un presente absoluto, es decir si lo despojamos de la historia y de la cultura. O de las historias y las culturas, como se prefiera, porque en plural o en singular, todo aquello ocurrió, la humanidad ha vivido y ha creado.

“Confieso que he vivido”, escribió Neruda: un título que ya era subversivo en los tempranos años 70´, cuando comenzó el combate contra la memoria entablado por las dictaduras cívico militares y continuada por los regímenes neoliberales. El o los relatos de las vidas humanas, sociales, rompen la radicalidad del presente y limitan la indecibilidad del futuro. No se trata de encontrar en ellos las claves del destino, sino de enfrentar la incertidumbre con los instrumentos adecuados. Estos se tejen con las hebras de la educación y la política.

Respecto del transcurrir de la historia, los educadores tenemos al menos un saber: enseñamos y aprenden; aprendemos y nos enseñan. Es una fuertevivencia de que saber es posible. Investigar y aprender han ocurrido desde hace mucho y por eso puede ser que lleguemos al sol. Los caminos de la ciencia han sido sinuosos; los de la educación también. Pero ambas son factibles porque hubo quienes, como expresó Isaac Newton, “si he sido capaz de ver más allá es porque me encontraba sentado sobre los hombros de unos gigantes”.

Los docentes no somos gigantes, pero transportamos en nuestros hombros saberes que han permitido evitar que se cierre el bucle. Es nuestra tarea y nuestra razón de ser educar en el sentido más amplio de la palabra, lo cual ha sido tradicionalmente diferenciado de la simple instrucción, entendiendo por esta última la acción de adiestramiento, carente de diálogo, que niega al educando.

Cabe, sin embargo, preguntarnos con cierta desesperación: ¿por qué es tan difícil aprender de la historia social? ¿no es posible dislocar la sociedad injusta? ¿será eterno el capitalismo? ¿la única alternativa es el socialismo autocrático? No digo esto último con el sentido negativo que el liberalismo carga a las experiencias socialistas y nacionalistas populares, sino con la esperanza de que una nueva democracia popular sea posible.

Entonces, ¿qué tarea le ha tocado al educador, tanto para enredar a toda la sociedad en las marañas presentes de injusticia social, como para aportar a propuestas emancipatorias? Voy a remitirme a algunas décadas atrás para analizar ese problema.