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La persistencia del régimen

señorial-hacendatario en el sistema educativo colombiano

Mentalidades moldeadas por siglos de presencia religiosa, por la beatería y el clericalismo y por todo el sistema de lealtades personales que estructuró el régimen colonial hacendatario, serían el sustrato del modelo educativo que subsistiría aún después de la Independencia.

En los comienzos de la vida republicana el problema fundamental para los dirigentes revolucionarios fue cómo alcanzar la cohesión económica, política, administrativa y cultural en un territorio constituido como un archipiélago de regiones, multiétnico y pluricultural, en una sociedad profundamente estratificada y establecida a partir de relaciones de servidumbre y subalternidad.

Quizá una de las principales características de nuestra formación histórica la constituye el hecho de que, luego del proceso independentista americano, se dio una incipiente estructuración de Estados disminuidos por los particulares intereses de los caudillos regionales y no el establecimiento de una coherente conciencia nacional.

Las clases populares, disminuidas y heterogéneas, no tuvieron los niveles de cohesión y solidaridad que sí expresaron los diversos estamentos de la oligarquía criolla, quienes lograron reclutar a las masas como grandes mesnadas y clientelas, pero sin darles a éstos ningún tipo de ilustración o politización. De esta manera resulta lógico entender cómo la hacienda pasó a constituirse en modelo de gobierno y de vida en el gueto académico y universitario: “el caudillismo clásico consistió en grupos de bandas armadas de patronos-clientes, unidas por lazos personales de dominación y sumisión y por un deseo común de obtener riqueza por la fuerza de las armas… El caudillo surgió como un producto de las guerras de independencia en el momento en que se destruyeron las instituciones del Estado colonial” (LYNCH, J. 1987).

La revolución de independencia les permitiría a estos caudillos criollos un mayor acceso a la administración y a la burocracia estatal, pero la estructura social basada en las tierras, la riqueza, y el prestigio y la educación esencialmente no cambiaron. Los intereses particulares, locales y regionales, llegaron a tener, entonces, una mayor significación que el propio concepto de nación y por ende el de un poder estatal centralizado.