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El prestigio académico y los

X-Men

11NOV art 5Un profesor universitario construye prestigio de forma similar a como lo hace un carpintero, pero su quehacer, como todas las actividades humanas, tiene sus propias peculiaridades. No tengo espacio para entrar en detalles en la definición de este rol, así que seré bastante escueto en mi caracterización.

Respecto a la enseñanza, el profesor “X” -que de ninguna manera se lo debe confundir con Charles Xavier, fundador y líder de los X-Men, prepara sus clases, es puntual y cumplido; trata de ser lo menos aburrido posible ante sus audiencias; es justo y ecuánime. En lo atinente al trabajo investigativo, está realmente interesado en lo que indaga; es riguroso en el manejo de las fuentes y convenciones; es intelectualmente honesto, comprometido; y vela por la oportuna publicación y divulgación de sus trabajos.

Podemos omitir detalles acerca de sus rasgos ideales de personalidad, como lo hicimos con el carpintero. Con y desde el prestigio detentado en los trabajos y los días puede ganar una plaza en una universidad, ascender de una categoría docente a otra, mejorar su condición salarial, alcanzar reconocimiento social y fortalecer la confianza en sí mismo.

Sin temor a exagerar, un profesor tarda la totalidad de su vida profesional construyendo prestigio, el propio, y de paso el de su grupo de investigación, los programas a los cuales está adscrito, la institución en la que trabaja, el gremio al que pertenece, etc., y en la mayoría de los casos se trata de la fuente principal de sus ingresos, la inspiración o envidia de sus colegas y la razón de ser de sus proyecciones.

Pero basta con un solo error, con un acto de deshonestidad o de abuso de poder: plagio, acoso sexual, desfalco para que el prestigio se vaya de vacaciones permanentes. Y no es para menos, hay que decirlo, esto aplica por igual a cualquier otro acto criminal. Sin embargo, algunas veces es suficiente con una acusación malintencionada, infame; incluso, en contextos evidentemente patológicos no se requiere de más que de un simple rumor para la erosión de la confianza, para la bancarrota moral. Así de frágil es el prestigio, por eso se cuida, por eso se atesora con tanta dedicación. El problema, en serio, aparece cuando nuestra actual forma de vida, cuando la necedad de los tiempos del capitalismo sin límites hace indistinguibles valor y precio.

Como es sabido, en el mundo académico contemporáneo muy pocas cosas escapan a la tendencia a medir, cuantificar y evaluar las actividades y decisiones humanas. De hecho, solemos aceptar y reproducir acríticamente expresiones tales como: “El profesor “X” ha acumulado prestigio en su área de investigación” y no puedo dejar de preguntarme: ¿Es posible acumular prestigio como se acumula dinero o bienes?

Para el sistema económico reinante, desde una postura abierta y descaradamente objetivista, positivista, se trata de una pregunta de respuesta obvia: “Por supuesto, según el resultado de la evaluación docente permanente; el número de sus publicaciones; el reconocimiento de las revistas y editoriales en las que publica; la cantidad de citaciones que registren sus artículos y libros; su índice H (número de textos citados “n” veces), entre otros”. Visto así, el prestigio adquiere valor de cambio, deviene en mercancía, se distancia del cariño verdadero.